jueves, 5 de julio de 2007

DE LA TIERRA AL CIELO

DE LA TIERRA AL CIELO
Rumba para Choco


Por Vladimir Inguil


Cuando terminó de sonar la ultima nota en la voz de Chaqueta Piaggio, y los corazones de los presentes se estremecían, pensé, como uno de esos palpitos que nos asaltan súbitamente “Chocolate esta aquí, Chocolate nunca se ha ido“, la idea llegó a mi mente y se afianzaba mientras las más de 120 personas que colmaron aquella noche aquel bar barranquino con nombre de animal mitológico, se abrazaban, sonreían, secaban el sudor por los frenéticos bailes realizados y felicitaban a los artistas que desfilaron por el escenario. El rostro de Chocolate proyectado en el ecram, sin duda reafirmaba aquella frase que repetimos toda la noche hasta quedar afónicos “Tumba y Retumba, Chocolate”.

Aquel jueves 21 de junio, se iniciaba oficialmente el invierno en el hemisferio sur, pero el calor, el ritmo, la música y la alegría que nos regalarían los estupendos músicos retrasarían indudablemente ese comienzo. La cita no era en más que en “El Dragón”, aquel bar barranquino que acogió mis frenéticas noches de adrenalina universitaria, cuando los lunes o martes se convertían sin problema alguno en un desenfrenado fin de semana.

Once de la noche era la hora prevista, y ya la barra estaba abarrotada de invitados que disfrutaban de sus tragos con una increíble mixtura de fondo con temas de Perú Jazz, Chaqueta Piaggio, Irakere, y como no del homenajeado aquella noche Julio Algendones. Los artistas que entrarían en escena se confundían entre los asistentes, recibiendo saludos y posando para las fotografías de rigor. Una cámara de video enclavada desde una esquina cerca al escenario, se alzaba imponente desde el piso en un trípode interminable que buscaba capturar todo el ambiente. Todo estaba preparado.

Media hora después, en medio de aplausos, vivas y gritos como “Chocolate, chocolate, chocolate” o el clásico “oe, oe, oe, oe, choco, choco” un emocionado Manongo Mujica inundaba nuestros oídos con sonidos arrancados a los mas extraños instrumentos de percusión, cantaros de barro, jarrones, castañuelas enormes, palos de agua, platillos, ollas y un sin fin de instrumentos que se mezclaban armoniosamente con la voz de Pepita García Miró, quien como de costumbre tocaba la Kalimba solo como ella lo sabe hacer. Esta introducción dio paso a un Cotito nostálgico en sus palabras y desenfadado en su ejecución, sus palabras calaron e hicieron que todos sintieran ese nosequé en la boca del estomago, que solo pueden experimentar los que han tenido un gran amigo, un hermano y ahora esta lejos. Sus golpes de cajón fueron los catalizadores para que los cuerpos del público empezaran a menearse y contornearse por ritmos posesos. “El Dragón” era ya una fiesta.

A los ya consagrados Manongo Mujica, Pepita García Miró, Juan Medrano “Cotito”, y Chaqueta Piaggio, se unieron Daniel Mujica en las tumbadoras, Javier Hernández en el contrabajo, Junior Suarez en la guitarra y Julio Galarza en los bongos. Todos los artistas en escena, parecían haber congelado sus latidos con el fin de no sentir la nostalgia propia por la ausencia de alguien que partió. Pero los aplausos a rabiar del respetable, revirtieron esa nostalgia transformando la ausencia en presencia, el recuerdo en presente y como no, como leí alguna vez “haciendo que la muerte sea el estado en que uno existe solo en el recuerdo de otros. Por lo cual no es un final, no hay despedidas, solo buenos recuerdos”.
Y pensaba en el amigo que en este último año me acercó aún más a esta música maravillosa, pensaba en lo feliz que seria de haber estado aquí, pensaba en lo feliz que él estaba siendo con una ilusión, pero de esas que nos devuelven la vida, y pensaba inevitablemente en como seria todo esto cuando ya alguno de los dos no este. Pero no había tiempo para tristezas, un Chaqueta Piaggio espectacular e impecable a ritmo de la Sonora Matancera puso a bailar a todos los presentes, después siguieron boleros, una espectacular descarga como las mejores de Cachao y una perfomance envidiable cantando un tema de Lavoe cerraron la noche.

Noventa minutos para el recuerdo y aplausos por mas de cinco minutos sellaron una noche memorable. Pero hay algo de lo que estoy seguro, ni Chocolate hubiera imaginado una noche así, inolvidable, donde solo la amistad y el amor de los verdaderos amigos puede generar atmósferas tan sentidas, donde la música se convierte en pretexto para aflorar sentimientos y alegrías; y es que era la rumba para Choco, y hoy una semana después de aquella mágica noche, aun resuena en mis oídos, el corazón se me hace chiquitito para estallar en un emocionado grito incendiario “Tumba y Retumba, Chocolate”.